¿Qué significa que somos sellados con el Espíritu Santo?
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Uno de los versículos más conocidos acerca del sello del Espíritu Santo en la vida de los creyentes se encuentra en Efesios 1:13. Allí el apóstol Pablo nos recuerda que luego de haber escuchado la palabra de verdad, el evangelio de salvación y al haber creído en él, es decir, cuando nacemos de nuevo, somos sellados con el Espíritu Santo de la promesa.
La garantía que todo creyente recibe en el momento de su conversión es la presencia del Espíritu Santo en su vida (2 Co 1:22; Ef 1:14). Cuando Dios nos sella con el Espíritu Santo, nos está garantizando que le pertenecemos a Él. Que somos Suyos, que nada ni nadie nos va a poder arrebatar de Su mano.
Este sello funciona como una marca de autenticación y de pertenencia. No se puede imitar, no se puede eliminar, no se puede perder. Por lo tanto, al ser sellados por el Espíritu Santo en el momento de nuestra conversión, podemos tener la certeza absoluta de que nuestra salvación eterna está garantizada y de que somos en verdad hijos de Dios. Ya que el mismo Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Jn 1:12; Ro 8:16).
Este sello no deja lugar a dudas de a quién le pertenecemos ni de lo que se espera de nosotros. Ya que el Espíritu Santo autentica que nuestra salvación es real. Que ese cambio de corazón ha sido llevado a cabo en nuestras vidas (Ro 8:9) y, por lo tanto, el Señor nos conoce y debemos apartarnos de toda iniquidad (2 Ti 2:19).
El Espíritu Santo es una persona, la tercera persona de la Trinidad. No es una fuerza ni una energía. Es Dios mismo que viene a hacer Su morada en nuestros corazones. Al creer en Cristo y al confesarlo como el Señor y Salvador de nuestras vidas, nos convertimos en el templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19; 1 Co 3:16). Por lo tanto, por medio de Él, Dios nos santifica y nos capacita para que podamos vivir de acuerdo con Su voluntad.
Es el Espíritu Santo el que nos permite dirigirnos a Dios como Padre (Ga 4:6). El que produce en nosotros Su fruto, que consiste en «Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio […] (Ga 5:22-23)».
Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a vivir vidas santas. El que nos enseña y nos recuerda la Palabra de Dios (Jn 14:26) y el que cada día trabaja en nuestros corazones para hacernos más como Cristo (2 Co 3:17-18).
Por lo tanto, mi querida mujer que persevera, no contristes al Espíritu Santo que vive dentro de ti. Sé sensible a Su dirección y obedece a Su voz cuando te invita a evangelizar, a adorar y a servir usando los dones y talentos que te han sido dados para la alabanza y la gloria de Dios.
Sirviendo para Su gloria
Mónica
Pd: este artículo fue publicado originalmente en la página de Mujer que persevera

