No hay deuda pendiente: la misericordia canceló el registro del pecado

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Recuerdo el momento cuando vi mi pecado, cuando entendí que mi comportamiento, mis palabras, mis pensamientos ofendían la santidad de un Dios eterno. Deje de verme inocente y entendí que era culpable, ya que, como dice Santiago 2:10 «[...]cualquiera que guarda toda la ley, pero falla en un punto, se ha hecho culpable de todos».
Había leído los diez mandamientos, los conocía, sin embargo, creía que, de alguna manera, por mis propios medios y por mis «buenas obras» podía hacer que Dios se hiciera el de la «vista gorda» y no tomara en cuenta mi infracción, mi pecado.
Quise, con todas mis fuerzas, deshacerme de ese sentimiento de culpa. Tratar de ignorarlo fue imposible. La conciencia estaba obrando y Dios me estaba señalando en Su Palabra cuál era el castigo por mi pecado —«Porque la paga del pecado es muerte» (Rom 6:23a)— y la solución que Él me daba para poder deshacerme del mismo, —«pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro 6:23).
Este versículo nos presenta la imposibilidad de pagar la deuda de nuestra rebelión en contra de un Dios santo y justo, mientras al mismo tiempo nos muestra la misericordia de Dios al presentarnos a Su Hijo Jesucristo como el portador de una dádiva maravillosa: la vida eterna.
Todos somos culpables cuando somos juzgados por la perfecta ley de un Dios justo. No hay nada, absolutamente nada que podamos hacer por nuestros propios medios para ser justificados delante Él. Solo la obra perfecta de Cristo nos justifica.
Cuando creemos en Su vida perfecta y sin pecado, Su muerte en nuestro lugar y Su resurrección, tú y yo, podemos entrar delante de la presencia de Dios como si no hubiéramos pecado.
Mira lo que dice Romanos 10:9-10: «Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación».
En la cruz, Cristo cargó con tu pecado y el mío, Él tomó el castigo que nos correspondía a ti y a mí y pagó con Su sangre nuestra redención.
«Y cuando ustedes estaban muertos en sus delitos y en la incircuncisión de su carne, Dios les dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz» (Col 2:13-14).
Dios es santo y justo, así que Él no puede tener por inocente al culpable. El pecado debe recibir su merecido. Sin embargo, Dios también es misericordioso, así que, en la cruz, «La misericordia y la verdad se han encontrado, La justicia y la paz se han besado» (Sal 85:10).
Nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo y Su justicia perfecta fue puesta sobre nosotros. Cristo pagó la totalidad de nuestra deuda. No necesitamos hacer nada para que el Padre nos acepte.
Hemos recibido gracia ya que Dios nos ha dado lo que no merecíamos. Hemos recibido misericordia, ya que Dios no nos ha dado lo que merecíamos.
No solamente no somos culpables, somos completamente justos delante de Dios por lo que Jesús ha hecho. Así que, no permitas que el enemigo venga a ti con mentiras haciéndote creer que necesitas ganarte el favor o el perdón de Dios. Cristo pagó en la cruz con Su sangre para que tú puedas entrar delante de la presencia de Dios sin culpa. Eres libre en Cristo. Él te ha rescatado y ha redimido tu deuda.
Deja que tu corazón se llene de alabanza y gratitud a Dios por la victoria eterna sobre el pecado y lo que Cristo compró con Su sangre: tu salvación.
Sirviendo para Su gloria,
Mónica Carvajal
pd: este artículo fue publicado originalmente en la página de Mujer que persevera. Usado con permiso.

