By September 3, 2026 0 Comments Read More →

Heridas santas: cómo sanar sin rendirte a las raíces de amargura

Heridas santas: cómo sanar sin rendirte a las raíces de amargura

La iglesia es el hospital de los pecadores, es algo que he escuchado desde hace mucho tiempo. Y es verdad. Dentro de las cuatro paredes de la iglesia encontramos personas que, a pesar de haber nacido de nuevo, luchan con su pecado día a día. Personas que están siendo sanadas mediante la obra del Espíritu Santo a través de la predicación de la Palabra.

Sin embargo, dentro de esas mismas paredes también encontramos personas que hieren y han sido heridas. Personas que pueden decir o hacer cosas que se oponen a la verdad del evangelio y que no manifiestan el comportamiento esperado de un hijo de Dios.

Lo sé porque he sido testigo, de primera mano, de como el chisme, el orgullo, el deseo de poder o incluso la discriminación hacia quienes no piensan o actúan conforme a lo que la iglesia enseña —aunque la Biblia diga lo contrario— han provocado dolor y sufrimiento en el corazón de los hijos de Dios y, en algunos casos, la división de la iglesia.

Es fácil intentar escapar de la realidad de que, dentro de la iglesia, aun los cristianos que hemos sido llamados a amar a Dios y a amarnos unos a otros (Jn 13:34-35), nos hacemos daño.

Tal vez has sido juzgada por no cumplir con ciertas normas dentro de la iglesia, donde el legalismo parece estar tomando el control. Tal vez los líderes han abusado de su poder, malinterpretando versículos bíblicos en un intento de controlar tu comportamiento, tus decisiones o de silenciar tus preguntas.

Tal vez el chisme ha dañado tu reputación y tu testimonio; has sido desilusionada por la caída de un líder; has sufrido el pecado de un hermano contra ti; un problema de comunicación resultó en un malentendido y en una relación dañada. Puede que hayas sufrido debido a la negligencia o el trato injusto por parte del pastor o de un anciano. Tal vez has servido desinteresadamente dentro de la iglesia y tu servicio no ha sido reconocido. Quizá abriste tu corazón y el resultado fue juicio y abandono por parte de aquellos de quienes buscabas ayuda y apoyo.

Como resultado de todo lo que has experimentado, el dolor ha provocado heridas difíciles de sanar, y la amargura ha llegado a habitar en tu corazón.

No estás sola. La realidad es que, si has estado en una iglesia, probablemente has enfrentado una o varias de esas situaciones, o has escuchado el testimonio de alguna persona que salió herida y lastimada. Las heridas son reales; el dolor y la desilusión pueden provocar amargura en el corazón e incluso el deseo de no volver a pisar una iglesia durante mucho tiempo.

Pero esto no debe ser así. Vamos a la iglesia porque es la institución que Dios ha instaurado para que Sus hijos crezcan juntos, sean equipados para la vida cristiana y usen los dones con los que Él los ha dotado, todo esto dentro del contexto de la predicación de la Palabra (1 Co 12:27, Hb 10:24-25, 1 T 3:15). 

Vamos a la iglesia porque allí podemos conocer mejor a Dios y ser transformadas y moldeadas en nuestro carácter para parecernos más a Cristo.

Vamos a la iglesia no porque es un lugar perfecto o donde no hay pecado —eso solo será posible en el cielo—, sino porque allí está Dios (Ef 2:19-22), habitando en medio de Su pueblo, en cada corazón en donde reside el Espíritu Santo (1 Co 6:19-20).

Sí, es posible que seamos heridas o que no nos sintamos amadas como quisiéramos dentro de la iglesia. Vivimos en un mundo caído, y el pecado todavía se manifiesta incluso en las acciones y palabras de los hijos de Dios. Sin embargo, esto no es excusa para salir corriendo, abandonar la iglesia o rechazar el evangelio.

Nuestros ojos no deben estar puestos en los hombres. Nuestra esperanza y nuestro gozo se manifiestan cuando contemplamos a nuestro Salvador, cuando miramos al cielo y levantamos nuestra vista por encima del pecado del otro y escuchamos las palabras del apóstol Pedro, mostrando un amor ferviente los unos por los otros, «pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8).

Llegamos a la iglesia porque Dios nos atrajo hacia Él, haciéndonos parte importante de Su cuerpo (Col 1:18). Por eso, no debemos permitir que nuestros hermanos en Cristo nos alejen del lugar donde Dios cumplirá Su obra de santificación en cada uno de nosotros para hacernos parte de la novia de Cristo (Ef 5:25-27).

Es en los momentos en los que interactuamos unos con otros donde Dios moldea y corrige nuestras vidas (Pr 27:17), donde, en medio del dolor, Él obra para sanar y animar nuestro corazón cuando ha sido herido por el pecado de otros.

Quiero compartir contigo algunas verdades que pueden ayudarte a sanar esas heridas santas:

  • Expresa tu dolor a Dios en oración

Dios te ama y es un Padre bueno que conoce lo que te ha pasado. Puedes acudir a Él en oración y compartir tu dolor, tu lucha y la situación que estás viviendo. Él cuida de ti y ha prometido nunca abandonarte.

«Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, Y salva a los abatidos de espíritu» (Sal 34:18).

Puedes reconocer la realidad de tu dolor, así como lo hicieron el rey David (Sal 55; 2 S 16:23) y el apóstol Pablo (2 T 4:16). Lee la Biblia, ora y medita en el carácter de Dios y en Sus atributos.

  • Tomar distancia no es la respuesta:

No culpes a toda la iglesia por el pecado de uno o varios de sus miembros. Una mala experiencia, una persona que no cumplió con su papel o un cristiano inmaduro que pudo herir tu corazón con su comportamiento, no deben ser motivos para que abandones la iglesia, y mucho menos la fe.  

Una persona o un grupo de personas pudieron herirte, pero estoy segura de que en esa congregación hay otras personas que aman de manera genuina a Dios y también a ti. Así que recuerda: la iglesia no pecó en tu contra; lo hicieron personas concretas dentro de ella.

Puedes, sin embargo, intentar asistir a un servicio en otro horario, cambiar de grupo pequeño o incluso asistir a otra congregación si es necesario.

Puede ser sabio y prudente, para sanar tu corazón, el tomar distancia de la persona que te ha herido; pero, por amor de Dios, no te distancies de todo el cuerpo de Cristo. No te alejes de la comunión de los santos porque uno de ellos te falló. No permitas que el pecado de otros te lleve a aislarte de la iglesia. Congregarte es necesario por tu bien y para tu salud espiritual (He 10:25).

  • Si es posible, busca la reconciliación:

En lugar de empezar a propagar chismes o a hablar mal de la persona que pecó en tu contra, busca la reconciliación. Pídele a Dios que te ayude a perdonar. Muestra una actitud humilde y habla directamente con la persona que te ofendió, siguiendo el principio de Mateo 18:15-17, y busca la paz (Ro 12:18).

Lee y medita en la exhortación del apóstol Pablo, y lo más importante, ponla en práctica:

«Entonces, ustedes como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes. Sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad. Que la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual en verdad fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos» (Co 3:12-15).

Verbos como soportar, perdonar y amar no aparecen en este pasaje porque sean fáciles de practicar en nuestras fuerzas, sino porque, en Cristo, son posibles. Pídele a Dios que te ayude a vestirte como una mujer escogida y amada con todas estas virtudes.

  • Recuerda que el enemigo es real

No podemos ignorar que detrás de todo conflicto tanto dentro como fuera de la iglesia, hay un enemigo invisible que lo único que anhela es destrozar la unidad e impedir la paz que solo Dios puede dar (Stg 3:16, 4:12 Co 2:10-11, 1 P 5:8).

«Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo, ni den oportunidad al diablo» (Ef 4:26-27).

  • Piensa en la eternidad:

Un día, ese hermano que te hirió va a estar contigo por toda la eternidad. Cristo murió por el pecado de ambos. Recuerda que cada día estás invirtiendo en la eternidad, y no puedes estar en paz con Dios cuando estás en guerra con uno de Sus hijos.

Esta aflicción causada por un miembro de la iglesia también puede producir en tu vida «un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación» (2 Co 4:17).

Conclusión

La buena noticia del evangelio es que hay redención. Podemos sanar, aunque el proceso sea doloroso. Podemos aprender del sufrimiento que hemos experimentado para consolar a otros de la misma manera en que hemos sido consoladas por Cristo. Así que, hermana, no desperdicies tu dolor ni tu experiencia. Úsalos para bendecir a quienes llegarán un día a tu vida con heridas santas, y mantente atenta para levantar al caído y animar al de poco ánimo.

Sirviendo para Su gloria,

Mónica Carvajal

pd: este artículo fue publicado originalmente en la página de Mujer que persevera. Usado con permiso.

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